Fernando Ever Cuevas, el Wilson que los trabajadores y médicos del hospital Vidal cuidaron durante tres años, llegó anoche a su casa de Durazno, en el corazón del territorio uruguayo.
El viaje se realizó en una ambulancia de Salud Pública escoltada por un automóvil particular que el vicegobernador Gustavo Canteros envió con uno de sus hombres de confianza al volante.
Marcelo Pucciariello, un joven dirigente del espacio político del segundo mandatario, se quitó el traje de abogado para hacer de chofer de don Cándido y doña María Luisa, los padres de Fernando, quienes expresaron su emoción al llegar: “Nunca pensé que volver a casa con mi hijo sería tan emocionante”, admitió la madre de quien fuera Wilson Pérez en Corrientes y volvió a ser “Nando” en su Durazno natal.
Los conductores de la ambulancia, los familiares de Fernando, el delegado del vicegobernador y otros participantes de la comitiva posaron para la foto final. Habían recorrido 874 kilómetros a través del paso fronterizo de Salto, donde Fernando volvió a divisar la bandera uruguaya.
Su papá, Cándido, pareció recuperar los bríos de años idos. Sus prótesis de rodillas y los cinco by pass que lleva para convivir con un mal cardíaco quedaron al margen cuando encaró a los responsables aduaneros y de migraciones.
“Traigo de regreso a mi hijo”, se enorgulleció. Su esposa, su hija Valeria y la tía Teresa se conmovieron hasta las lágrimas y “Nando”, en la camilla y con las puertas de la ambulancia entreabiertas, sonrió.
Comprendió a su modo que ya no estaría en una cama de hospital. Y aunque el afecto y los tratamientos recibidos durante tres años en el hospital Vidal fueron artífices de su supervivencia, no hay mejor rehabilitación que la que proporciona un hogar.
De eso se trata ahora para la familia Cuevas, de ayudarse entre todos para que su recuperado “Nando” reciba tratamientos kinesiológicos y neurológicos que lo rescaten poco a poco de la desmemoria.
Sus padres aseguran que tiene “chispazos” de lucidez, pero lo cierto es que los daños neurológicos sufridos son irreversibles. Fernando no puede caminar, sus miembros superiores se atrofiaron y sólo responde con gestos, pues también perdió el habla.
Todo es consecuencia de la descompensación y –presuntamente- las lesiones sufridas en una supuesta golpiza o algún accidente automovilístico a la vera de la Ruta 12, cerca de Itatí.
Su historia cobró trascendencia internacional y se publicó en el diario inglés The Sun. En Uruguay también es noticia por su arribo.
Sólo hay un lugar donde la nostalgia pervive. Impregnada en las paredes, la tristeza de la ausencia se respira en su habitación del hospital Vidal. Allí flotan, invisibles, las añoranzas de tres años compartidos con un moribundo salvado por una receta infalible, mezcla exacta de ciencia médica y contención afectiva.
Viernes, 30 de mayo de 2014